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Hidrocarburos

Opinión: ‘To frack or not to frack’

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Rechazar de plano la posibilidad del fracking compromete el futuro del país.
Sin fracking, el país perderia  la capacidad de autoabastecerse de petróleo y gas en el lapso muy corto de una década.Sin fracking, el país perderia la capacidad de autoabastecerse de petróleo y gas en el lapso muy corto de una década.Los mensajes sobre los posibles impactos negativos del fracking tienen la doble ventaja de que el discurso ecologista es popular en las redes sociales y de que nadie se opone al cuidado del medio ambiente. Es más difícil hablar del otro lado de la moneda: del costo de oportunidad –por traducir aceptablemente el irremplazable término anglosajón trade-off– de prohibir esa tecnología. Pues si bien es cierto que la fracturación hidráulica de yacimientos de hidrocarburos comporta riesgos al ecosistema –que se pueden mitigar–, renunciar a ella también implica consecuencias indeseables.
 
La principal de ellas es que el país pierda la capacidad de autoabastecerse de petróleo y gas en el lapso muy corto de una década. El impacto económico sería colosal. Por ahora, ningún sector productivo es capaz de reemplazar los ingresos que le deja el petróleo a la nación, que, según la Agencia Nacional de Hidrocarburos, alcanzaron 198 billones de pesos entre 2007 y 2016. Para poner esa cifra en contexto, consideremos que el costo del acuerdo con las Farc se ha calculado en unos 100 billones de pesos a lo largo de 15 años, y nos estamos viendo en calzas prietas para cubrirlo. Imaginemos la situación fiscal del país con un faltante adicional del tamaño del doble de esa cifra.
 
El golpe sería no solo para las finanzas de la nación, también para el bolsillo de la gente. Habría que importar gas –irónicamente, dependeríamos igual del fracking, solo que no del nacional, sino del gringo– y se dispararía el precio, tanto para los hogares como para la industria. Ni hablar del dólar. Si hoy nos espanta una tasa de cambio que ronda los 3.500 pesos, ¿cuál será el estado de ánimo del país cuando, por menor entrada de divisas, como ha advertido la ministra de Minas, el dólar alcance los 5.000 pesos?
 
Insisto: no podemos minusvalorar los riesgos de la fracturación hidráulica. Ningún esfuerzo regulatorio o ingenieril debe escatimarse para reducirlos. Pero rechazar de plano la posibilidad del fracking –sin perjuicio de desarrollar al mismo tiempo fuentes de energía más limpias y renovables– compromete el futuro del país y, sobre todo, el de sus sectores más vulnerables. ¿Cómo vamos a financiar las innumerables inversiones que necesita Colombia para superar la pobreza si abandonamos la principal fuente de divisas de la nación? ¿Renunciaría voluntariamente Chile a la extracción de cobre, Argentina a la siembra de soya o Uruguay a la producción de carne? Claro que no, sería un “autosuicidio”, como diría Nicolás Maduro. Quien algo sabe, por cierto, de pésimas políticas energéticas.
 
Por eso es bienvenido leer en la prensa –cuando estoy a punto de enviar esta columna– que el Consejo de Estado aclaró que su decisión de mantener las medidas cautelares que impiden, por ahora, el fracking en Colombia, no aplican para los proyectos piloto, con los que se busca estudiar el potencial y los posibles efectos de esta técnica en nuestros suelos. Haberlos prohibido habría sido anticientífico, pues iría en contra del método de adquisición de conocimiento dominante de nuestra era, que es la experimentación. Sin evidencia empírica, quedamos a la merced de los vendedores de falsas dicotomías, esos que exclaman “¡el fracking o la vida!” o alguna otra hipérbole similar.
 
No obstante, aún falta mucho para conjurar el espectro del dólar a 5.000 pesos. En el anterior billete de esa denominación (el verde, que aún circula), en diminuta tipografía en el reverso, un verso de José Asunción Silva habla del “presentimiento de amarguras infinitas”, como si el poeta hubiera estado adivinando el porvenir de la tasa de cambio. Solicito amablemente al Banco de la República que, en anticipación de futuras devaluaciones, vuelva a imprimirlo en la próxima edición.
 
 
POR: Thierry Ways 
 
ELTIEMPO.COM
 
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